Situada a tan sólo cuatro kilómetros de Sitges y la playa, y a medio camino de Vilafranca del Penédes, centro del vino, el cava y de las famosas torres humanas catalanas, los “castells”, la población de Sant Pere de Ribes vive, a finales de junio, una intensa semana de fiestas.

Como en muchas partes del mundo, Ribes (así lo llaman al pueblo los lugareños) celebra primero, para empezar estos dias festivos, la noche del 23 de junio el “Sant Joan”, la fiesta de los petardos y las hogueras, de la coca y el cava, la noche más corta del año, la celebración del final de la primavera y el inicio del largo y caluroso verano. Tradicionalmente, igual que en muchas partes de Catalunya, el pueblo se llenaba de “fogatas”, grandes hogueras que los más jóvenes de cada zona del pueblo elaboraban con maderas, papeles y cartones sobrantes. Se trataba de quemar los pecados del año para volver a empezar de nuevo, una fiesta religiosa con un claro carácter pagano, en el que el fuego y la noche son protagonistas.

Ahora bien, en Sant Pere de Ribes, lejos de conformarse con la noche mágica de Sant Joan, pocos días después, se pone sus mejores galas para celebrar la “Festa Major”, la fiesta mayor, la fiesta grande, de verano con motivo del día de Sant Pere, el 28 de junio. Aunque en los últimos años el pueblo vive en una permanente fiesta, con conciertos y cenas en la calle, desde la noche del 23 de junio, oficialmente, la “Festa Major” empieza intensamente el día 27 de junio, la vigilia, a la una del mediodía. El acto que marca el inicio de la fiesta es una espectacular “traca”, una serie muy seguida de fuertes petardos que no son más que un aperitivo para lo que va a seguir durante las siguientes veinticuatro horas.

Esa misma tarde podemos contemplar el primer “cercavila”, un paseo por el pueblo con los llamados bailes tradicionales. Todo el pueblo, del más pequeño al más grande, se pone el traje de uno de los bailes que representan la constante lucha entre el bien y el mal, y el contraste entre el pueblo y sus gobernantes, y bailan al son de varios instrumentos, entre los que destaca, sobretodo, la “gralla”, también llamadas “dulzainas” en otras partes de la Península. La rúa empieza con los representantes del maligno infierno: un espectacular dragón, el “drac” de tres cabezas que echa fuego por todas sus bocas y un pelotón de “diables”, diablos de todas las edades venidos directamente del infierno repartiendo fuego, humo y ruido, de petardos y de repetitivos tambores catárticos, por todo el pueblo. Tras el mal llegan los “gegants”,  enormes figuras de los ancestrales señores feudales que, acompañados de una música mucho más tranquila y agradable, nos muestran como los humildes habitantes de Ribes veían a sus dirigentes como gigantes inalcanzables. Acompañando a los “gegants”, como los “diables” acompañan al “drac”, nos encontramos con los curiosos “capgrossos” o “cabeçuts”, que representan a personajes relevantes del pueblo con enormes cabezas y bailes estrambóticos.

Tras estos dos representantes del mal y del bien, llegan una larga hilera de diferentes bailes tradicionales desde las panderetas a las llamadas “gitanas”, que nos muestran la variedad de vestidos, pasos de baile y instrumentos que nos puede dar el folclore local. Entre estos bailes destaca, por su gran número de “colles”, de grupos que lo bailan, los “bastoners”. Los “bastoners”, que representan dentro de la significación de la fiesta al pueblo que vivía del campo, van vestidos de blanco, con la tradicional “faixa” en la cintura, con cascabeles en los tobillos y con un “bastó”, un palo bien gordo, en cada mano. Agrupados en “colles” de ocho o doce personas, los “bastoners” bailan al son de las “grallas” y tambores, pegando fuertes golpes con los “bastons” a los “bastons” de los otros miembros de la “colla”.

Una vez acabados los bailes, y después de un espectacular “castell de focs”, fuegos de artificio nocturnos, la fiesta se alarga toda la noche, con música y “barraques”, casetas de bebida y comida, en la plaza del pueblo. El día siguiente, el día de Sant Pere, y a pesar de las horas de fiesta, los participantes del “cercavila” de bailes tradicionales se levantan pronto para volver a pasear su música y baile por todo el pueblo. Las celebraciones duran hasta la una de ese día, cuando otra gran “traca” representa el final simbólico de la fiesta mayor.

Como podéis ver, las fiestas de Ribes son especiales, un atractivo de la zona que, sin las masas de gente que nos encontramos en Barcelona, podemos disfrutar de la tradición, del fuego, de la música y de la gente. Y esto son “solo” las fiestas veraniegas, a finales de enero, en pleno invierno, el pueblo se vuelve a poner de gala para celebrar el “Sant Pau”, una fiesta similar en sus bailes y tradiciones pero con sus singularidades de las que hablaremos cuando llegue el frío.

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